Despertar de la Esperanza (20/2/2015)

Tomado de Esquina Caliente

A la victoria de los Vegueros de Pinar del Río en la Serie del Caribe le ha seguido una interesante ola de acontecimientos: por un lado, de acuerdo con la televisora ESPN, los Medias Rojas de Boston estarían interesados en seguir los pasos de los Orioles de Baltimore y efectuar esta misma primavera un partido de exhibición en La Habana. Al mismo tiempo, el nuevo comisionado de las Grandes Ligas, Rob Manfred, acaba de reiterar que su oficina sigue con atención el nuevo escenario de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos; y el Presidente de la Confederación del Caribe, Juan Francisco Puello, anunció en San Juan que viajará a la capital cubana en abril, con el objetivo de explorar las posibles contrataciones de peloteros antillanos por las ligas de la región.

Mientras, la 54 Serie Nacional continúa , en medio del jolgorio que ha dejado una victoria de prestigio, la primera que se consigue en un torneo de primer nivel y absolutamente profesional. Sin embargo, al margen de esa alegría enorme, lo más peligroso ahora es la amnesia. Lo verdaderamente preocupante es esa funesta frase de “borrón y cuenta nueva”, pronunciada por quienes se disfrazan de veleta a la hora de emitir criterios. Lo fatal, en fin, sería caer en las mismas emboscadas que por décadas nos ha tendido el triunfalismo desmedido.

La delgada línea roja

Después de los tres reveses de Pinar del Río en la etapa clasificatoria de la Serie del Caribe, dos periodistas nacidos en Cuba que trabajan para ESPNdeportes.com firmaron sendos artículos en los que masacraban al béisbol de su tierra. “Cuba y Puerto Rico: Los débiles del Caribe” y “Poder de Cuba es historia antigua” fueron sus títulos. Y, aunque muchos pensamos inmediatamente en ellos cuando se concretó la victoria ante los Tomateros de Culiacán, no resultaría saludable obviar la cuota de razón que llevaban ambos.

Porque existió apenas una delgada línea entre la celebración del título y el desastre de regresar de San Juan sin victorias en cuatro salidas. Habría bastado que Héctor Mendoza no encontrara el centro del home en aquella octava entrada, cuando Puerto Rico amenazaba con las bases llenas; o que el dominicano Elián Herrera no hubiera dejado tendido a México con su largo batazo en la penúltima jornada.

Todo muy parecido al choque debut del I Clásico Mundial, cuando el panameño Rubén Rivera se negó a recibir un pelotazo que dejaba al campo a Cuba y que pudo haber cambiado por completo la historia. Finalmente, la Selección Nacional concluyó segunda con una actuación histórica y la fiesta fue tan apoteósica que la borrachera nos dura aún, cegados como hemos estado por una década a la evidente decadencia de nuestro béisbol.

Hace solo unos meses, causó una encendida polémica la clasificación de la Serie Nacional como un torneo de Clase A Avanzada. De acuerdo con parámetros como la calidad deportiva, infraestructura, captación y gestión del talento, entre otros, expertos del béisbol profesional estadounidense situaron a nuestro torneo doméstico muy abajo en la pirámide que está coronada por las Grandes Ligas, seguidas por los torneos Triple A (Ligas de México, República Dominicana y Venezuela) y Doble A (Liga Roberto Clemente, de Puerto Rico).

Matices más o menos, la realidad podría darles la razón: 16 equipos son muchos para concentrar la calidad y parece que no hay intenciones de variar esta situación hasta la edición 56 de la Serie; la tecnología de avanzada no está disponible por cuestiones económicas y la que poseemos se subutiliza; la sabermetría sigue siendo un juego de muchachos para muchos directivos y técnicos, todos de espaldas al hecho de que es hoy uno de los principales instrumentos para hacer campeón a un equipo en cualquier Liga del mundo. Además, la búsqueda de talento no es óptima y hoy se juega mucho menos béisbol en Cuba que durante los años más difíciles del Período Especial, por lo que es imposible contrarrestar la fuga constante de peloteros cada vez más jóvenes.

Increíblemente, el cubano es el único torneo élite del mundo en el que se hace necesario reglamentar un límite de lanzamientos, pues nuestros entrenadores y directores no interiorizan de una vez por todas que la especialización del pitcheo no es una moda, sino una necesidad y una enorme ventaja. Tanto es así, que a San Juan asistimos con solo nueve lanzadores, un detalle para nada menor que pone sobre la mesa un debate mucho más importante: ¿hasta qué punto están actualizados y conocen a fondo su trabajo quienes rigen hoy los destinos de la pelota nacional?

Por debajo del nivel

A su segunda cita caribeña, luego de cinco décadas de ausencia, Cuba envió un equipo Todos Estrellas de su liga, con el claro objetivo de ganar. En la trinchera contraria encontró siempre a elencos de calidad, pero muy lejos de poseer a los mejores exponentes de sus respectivos torneos nacionales. Sin ir más lejos, los Tomateros de Culiacán no incluyeron en su nómina al líder de los bateadores de la Liga Mexicana del Pacífico, el jugador de las Águilas de Mexicali, Gil Velázquez. Tampoco escogieron a los mejores en jonrones (Japhet Amador y Carlos Valencia), en impulsadas (Amador) o en anotadas (Leo Heras). Entre los lanzadores, dejaron fuera a los líderes en efectividad (Eddie Gamboa), ponches (Juan Oramas), salvamentos (Jonathan Arias) y en el importante indicador del WHIP (corredores embasados por entrada), dominado por el propio Gamboa.

El balance de tres victorias e igual número de reveses le alcanzó a Pinar del Río para regresar con el título, pero también para establecer un principio que no deberíamos olvidar: con una Selección Nacional bajo el rótulo de los Vegueros o de quien sea el futuro campeón, el béisbol cubano puede competir en la Serie del Caribe, pero eso no significa que esté al nivel de esas ligas invernales.

Por si fuera poco, otros factores de carácter extradeportivo entran en juego y nuestros elencos asisten a cualquier competencia con esa dañina presión extra a la que todos les sometemos: la de ganar a toda costa, so pena de regresar como fracasados. No pocas veces hemos visto a medallistas mundiales y olímpicos recibir preseas de plata y bronce como si del último lugar de la competencia se tratara, y en el béisbol esta percepción se acentúa.

Se trata de que, a lo largo de los años, hemos esgrimido a la pelota como bandera, refugio o arma arrojadiza, según haya convenido en cada circunstancia. En torno al béisbol, hemos construido un absurdo mito de invencibilidad, potenciado por una prensa disfuncional que unas veces se comporta increíblemente acrítica y otras roza el hipercriticismo.

Quizás, en medio de este momento histórico que vivimos los cubanos, convenga evadir la autocomplacencia, comenzar a tomar decisiones valientes y repensar al béisbol tal cual es: patrimonio intangible de una nación enamorada como pocas del deporte de las bolas y los strikes.

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