La futbolización y la identidad del béisbol en Cuba (1ra parte) (22/5/2015)

Tomado de El Elefante Verde

Quizá no exista nada mejor para pensarnos por estas latitudes que el deporte, por su carácter condicionante y constituyente. No importan idiomas, sistemas culturales o religiosos: un terreno de juego representa la génesis y confluencia de imaginarios, identidades, relatos, pasiones, símbolos, historias y mitos a través de los cuales se descubren naciones y sus habitantes.

El Fútbol es pasión

El Fútbol es pasión

En la mayor parte de nuestro continente es el fútbol quien enardece multitudes. “Pocas cosas ocurren, en América Latina, que no tengan alguna relación, directa o indirecta, con el fútbol -aseguraba Eduardo Galeano– Fiesta compartida o compartido naufragio, el fútbol ocupa un lugar importante en la realidad latinoamericana, a veces el más importante de los lugares”.

Formó parte indisoluble de la formación de los sentimientos de nacionalidad de varios países y persiste cual paladín en la preservación de sus identidades. En Argentina, por ejemplo, está ligado a la historia patria desde su llegada a inicios del siglo XX cuando, emergiendo desde los suburbios, instituyó su carácter popular. Lo vive en cada manifestación artística y hasta en los actos o manifestaciones callejeras sus discursos son discernibles y constantes: aliento, banderas, movimientos corporales, lógica de bandos, repudio a la policía, afiliación a los colores de un gremio o partido… Incluso en la extrapolación de la violencia, un fenómeno de primordial atención en la actualidad.

Quizá no exista nada mejor para pensarnos por estas latitudes que el deporte, por su carácter condicionante y constituyente. No importan idiomas, sistemas culturales o religiosos: un terreno de juego representa la génesis y confluencia de imaginarios, identidades, relatos, pasiones, símbolos, historias y mitos a través de los cuales se descubren naciones y sus habitantes.

En la mayor parte de nuestro continente es el fútbol quien enardece multitudes. “Pocas cosas ocurren, en América Latina, que no tengan alguna relación, directa o indirecta, con el fútbol -aseguraba Eduardo Galeano– Fiesta compartida o compartido naufragio, el fútbol ocupa un lugar importante en la realidad latinoamericana, a veces el más importante de los lugares”.

Formó parte indisoluble de la formación de los sentimientos de nacionalidad de varios países y persiste cual paladín en la preservación de sus identidades. En Argentina, por ejemplo, está ligado a la historia patria desde su llegada a inicios del siglo XX cuando, emergiendo desde los suburbios, instituyó su carácter popular. Lo vive en cada manifestación artística y hasta en los actos o manifestaciones callejeras sus discursos son discernibles y constantes: aliento, banderas, movimientos corporales, lógica de bandos, repudio a la policía, afiliación a los colores de un gremio o partido… Incluso en la extrapolación de la violencia, un fenómeno de primordial atención en la actualidad.

Vivimos en una época donde fútbol es un negocio, muchas veces negociado. El historiador y filósofo argentino Ignacio Lewkowitz se acerca a una posible explicación del fenómeno a través de su tesis del agotamiento de la forma Estado-Nación en la contemporaneidad. No significa que el Estado haya perdido su poder, sino que bajo la forma oficial estaría cediendo ante los imperativos del mercado como rector de un sentido, productor de una subjetividad, capaz de clasificar, de dividir, de asignar lugares y roles, de codificar un orden y reproducirlo.t_Soccor007

Ello supone otros cambios a escala social y por el orden económico actual mutamos de ciudadanos a consumidores, de “el pueblo” a “la gente”, de la estabilidad a la fluidez. Alude, en definitiva, a la crisis de las instituciones troncales: la escuela, la familia, el trabajo, el salario, la convivencia social… Con esta brecha, de una u otra forma común en todos los países, el efecto de la futbolización suele ser más arrollador.

La realidad cubana no está ajena a tales condicionantes, pues comparte los descalabros de dichas instituciones fundamentales ante la influencia de códigos ajenos. También aquí los jóvenes enarbolan su definición de héroe con Messi y Cristiano Ronaldo y asumen la rivalidad de los clubes Barcelona y Real Madrid -reflejo del conflicto entre la ciudad industrial por excelencia y la urbe financiera, administrativa y de poder- como algo propio, cercano si se quiere.

El problema es que nuestra identidad nacional nunca se inscribió a esos 90 minutos reglamentarios. En Cuba el fútbol no prendió con la misma intensidad que en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay… No aconteció otrora y tampoco hoy, cuando nos inyectamos esta nueva fase mercantil; pero no la hacemos fluir por nuestras venas. La prueba más fehaciente rodó con el Campeonato Nacional de la disciplina, cuya edición del centenario recién concluyó sus fechas con el habitual vacío en las gradas.

Porque como aconteciera en Argentina con el fútbol, ocurrió por estos lares en función del béisbol. Ahora no viene a tema la precisión sobre su entrada a la Isla –definitivamente a mediados del siglo XIX- ni dónde se jugó el primer encuentro – sin lugar a dudas antes de 1874, pues para entonces existían equipos en La Habana y Matanzas lo cual permitió colegiar el mítico choque en el “Palmar de Junco”-, sino su impronta en la espiritualidad de los cubanos.
Menos de tres décadas tardó la pelota en desplazar casi cuatro siglos de presencia en Cuba de otros deportes de origen español. En un primer momento su integración se produce más por oposición que por adición, pues signó el distanciamiento de la tradición cultural con el poder de la metrópolis y no demoró en convertirse en medio para distinguir entre criollos y peninsulares, cuando tales distinciones asumían un significado político. (continuará…)

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